La presentación de este tema en la radio me abruma. La locutora menciona más de cinco referencias distintas, del soul al disco y de la psicodelia francesa al rock, y una no sabe qué esperar. Una base estable, imparable, un patrón que se repite una y otra vez. Capas de voces que se superponen y una suerte de despertador, que no sabes si anda encima o debajo de la textura densa. Y un coro que repite una y otra vez: you gotta get yourself together, concéntrate, mantente tranquilo, enmedio del ruido aparente y ordenado. El despertador desaparece y la voz de Noel canta I keep holding up, sigo manteniéndome. La dichosa campanilla vuelve al final de la canción. Una canción hecha de resistencias, de ruido que no lo es, que precisa de perspectiva. Curioso, acabo de descubrir que a esta canción le acompaña un subtítulo, It’s a beautiful world -es un mundo maravilloso-. Supongo que, como siempre, las canciones le llegan a una en el momento adecuado.
Fort Knox es la nueva entrega del próximo disco de Noel Gallagher’s High Flying Birds, Who built the moon?, y ya puede escucharse en Spotify, además de en programas molones como el 180 grados, de Virginia Díaz, en Radio3.
Leo American Gods, de Neil Gaiman. Leo en el metro. Hoy me he retrasado y la sensación de agobio en hora punta era mayor de lo habitual. Pese a ello, de nuevo la lectura ha servido como refugio y he seguido sorprendiéndome con las idas y venidas de Sombra y unos dioses venidos a menos, que, al más puro estilo Gaiman, conducen taxis, dirigen funerarias o cobran una pensión como ex-empleados de un matadero.
Salgo de la estación y me veo apreciando respirar un aire nuevo, no necesariamente más limpio, pero distinto al del interior del vagón. Bostezaría como los peces de mi acuario. Y tropiezo con esta canción, "Emma". Mientras camino, parece que el mundo se ralentiza, que adquiere una calma nueva. Y necesaria. "Emma" es una canción del grupo irlandés Silences, incluida en su EP Nevernames, publicado en 2013. Aquí, una buena reseña (en inglés).
Esta historia empieza en invierno. Concretamente, a principios del mes de enero. Con el año recién estrenado, paseábamos por las calles que rodean a la catedral, haciendo de lazarillos para una amiga alemana que compartía esos días con nosotros. Ella se paró ante un escaparate que parecía salido de un cabaret macabro: anillos con enormes peces goldfish, pendientes con pequeños juguetes colgantes y sobre todo, aquello que la había hecho detenerse con una mezcla de fascinación y asco: un collar del que colgaba una red de cucarachas que, pese a estar hechas de plástico, parecían haber sido congeladas y engarzadas por un joyero perverso. No por ese, sino por otro de los collares que vio tras el cristal, decidimos entrar en la tienda.
A medio camino entre el comercio y la galería de arte, mil y un objetos se exponían en estanterías y aparadores. Paseábamos por aquella sala extraña, con sabor a salón de té y aspecto de caravana circense. Desde las paredes nos miraban damas antiguas con cabeza de animal y cuando recuerdo esa visita, todo me parece de color vino.
En aquél espacio casi mágico había música. Una voz fina y aguda de mujer, que ganaba cuerpo en los graves, acompañada por una línea de bajo amplia y envolvente. No pude resistirme a sacar mi teléfono del bolso y preguntarle a esa aplicación -que también resulta casi brujería- qué era aquello que sonaba y que colocaba la guinda sónica de ese pastel tan peculiar. Obediente, mi teléfono me respondió. Se trataba de un nombre oriental, Youn Sun Nah. El tema se titulaba Waiting. Sin más, lo añadí a mi lista de descubrimientos y allí quedó. Un recuerdo entre tantos.
Hasta la semana pasada. Tengo la suerte de trabajar en una emisora de radio, rodeada de música. Así que, preparando los conciertos que iban a emitirse aquellos días, tropecé de nuevo con ese nombre oriental. En un primer momento, no la asocié con la canción de la tienda, y me acerqué a ella como si fuera completamente nueva para mí: encontré a una mujer coreana, elegante, de melodías sutiles y que rompía y refinaba su voz como el que estira y mastica un chicle tras haberlo hecho explotar en una burbuja. Y entonces caí en la cuenta. La Youn Sun Nah que acompañaba la visita mágica a la tienda del Gótico, la Youn Sun Nah de los festivales de jazz. La misma persona que se transformaba, ahora sí, en un nombre para no olvidar, en una intérprete ideal para las tardes lluviosas de otoño.
Que sí. Que ha pasado casi un año. Que no es la primera vez que me voy. Pero tampoco la primera vez que vuelvo. Así que aquí estoy de nuevo, aprovechando este espacio en blanco que es mi blog y que hoy ha vuelto a mi mente para recordarme que sigue ahí, disponible, para volcar todo aquello que se me ocurra.
Y ciertamente hay cosas que valen la pena. Porque es cierto que el entorno puede ser aciago a veces, volverse rutinario o gris. También puede parece que sólo en vacaciones o durante nuestros escasos ratos libres es cuando a la belleza o la magia le da por aparecer, en forma de lugar recóndito nunca antes visitado, de fiesta al atardecer, de palacio nazarí. Y es verdad que en esos momentos la mirada se nos vuelve intensa y se nos llenan los poros de energía, pero también lo es que el reto está en buscar precisamente esa intensidad en nuestra vida de cada día, una vez hemos vuelto a nuestra circunstancia habitual. Así que hoy vuelve el otoño. Pero como no podía ser de otra manera, es un otoño nuevo, recién estrenado. Y en él espero encontrar y compartir pequeñas píldoras sonoras de esas que erizan el vello, otra vez, con aquellos que leáis estas líneas. La primera es otra vuelta: la de Damien Rice, después de ocho años de ausencia musical.
Un tema de letra melancólica, una experiencia que se intuye triste y que Rice transforma en algo bello que se desarrolla, cambia, crece y mengua, haciendo que seis minutos se congelen a través de arreglos hipnóticos. Para disfrutar.
Sé que este espacio ha pasado una larga temporada sin nuevas entradas. Lamento haberme ido de esta esfera virtual sin ni siquiera haber dicho adiós, o hasta luego, pero quizás no lo hice pensando en que en cualquier momento volvería, como estoy haciendo hoy. Porque me lo pide el cuerpo, que a fin de cuentas, es la razón por la que la mayoría de nosotros escribimos. Así que aquí estamos.
¿Porqué hoy? Porque un nuevo asalto ha removido mis recuerdos, asociados, como es casi inevitable, a una melodía. Hoy, como suelo hacer cada lunes, he escuchado el podcast de Milenio 3, un programa que supongo no necesita presentación. Aunque son muchos los que no acaban de entender mi afición y admiración por Iker Jiménez, no me extenderé sobre ello ahora, pero podríamos resumirlo en que para mí, es una persona capaz de transmitir entusiasmo, ilusión y curiosidad de una forma muy personal. Sobretodo en su espacio de madrugada en la Cadena Ser, invita al que lo oiga, sin juzgar ni sentar cátedra, a la reflexión. A una reflexión que va más allá del problema cotidiano de llegar a fin de mes, que plantea preguntas, que como suele pasar con los grandes interrogantes, nunca tienen una respuesta.
Pues bien, sin más, me he colocado los cascos. El programa arrancaba con una entrevista a Edgar Mitchell, el astronauta que más tiempo anduvo la superficie lunar. Y la banda sonora escogida no era otra que "The Songs of Distant Earth", de Mike Oldfield. Y esas notas iniciales han hecho que el recuerdo salte como un resorte. No sé donde estaba escondido pero de golpe, me he visto a mí misma, con 13 o 14 años. Una excursión del colegio y diría que era un discman, con el CD de Oldfield. Era una salida a la montaña, a Viladrau. Y diría que buscándolo yo misma, me separé un poco del grupo en uno de esos ratos libres que nos dejaban para comer, y con la mochila al hombro y el discman encendido, me metí entre los árboles. Me quedé sola. Escuché un tiro, supongo que de alguna batida que andaría buscando jabalíes. Me asusté. Pero más allá del miedo inicial, tuve una sensación única que no sé todavía describir. Sugestión, comunión, quizás conexión con algo más grande que uno mismo. A través de la música, esa sensación se amplificaba, y, la verdad, no recuerdo cuanto tiempo pasó. Recuerdo que más tarde, intenté explicar en casa aquel momento casi mágico. Pero me di cuenta de que no podía: en casa veían el peligro, el riesgo que había corrido. Estaba claro que la sensación era solo para mí.
Y hoy, la sensación se ha vuelto a despertar. No ha hecho falta adentrarme en el bosque. El astronauta Mitchell hablaba de epifanías, de cómo la perspectiva de ver la Tierra desde la Luna había cambiado su vida, de cómo tuvo la sensación de haberse acercado más a la energía que ponía orden en el caos. Mientras tanto, sonaba la guitarra de Mike Oldfield. Y yo ahora, vuelvo a escuchar ese "Let there be light", desde ese disco del que es imposible oír solo una parte, y vuelvo a sentirme conectada. Aquí estamos de nuevo.
Ese era el título original de la película, basada en la novela homónima, que tuve la oportunidad de ver ayer. Finalmente bautizada como La Estrella, era un proyecto que había despertado en mí sensaciones encontradas. Habiendo seguido más o menos de cerca el proceso de creación de la película, sabía que aunque fuera simplemente por todo el trabajo que había conllevado hacerla, y por el buen impulso de sus creadores, ya valdría la pena. Pero por otra parte, me asustaba. Siendo de Santa Coloma como soy, la imagen de ciudad dormitorio, habitada por cierto tipo de personas con pocos o ningunos estudios, que durante todo el día escuchan a Justo Molinero en su Radio TeleTaxi y que solo saben hablar a gritos, me chirriaba. Y, la verdad, tenía miedo de que esta Estrella fuese una nueva Juani sin sustancia, que retratase una Santa Coloma que ya tiene bastante con los prejuicios que sobre ella corren.
Con esas dudas asistí ayer al estreno del film, en la Biblioteca de Singuerlín. Y sí, es cierto que algunas situaciones y diálogos fueron chocantes, es cierto que puede no ser mi ambiente ni mi estilo. Pero La Estrella tiene algo que va más allá. Es una actitud de fondo, unas raíces, un empuje que ciertamente, sólo conoce el que crece en un sitio como este. Un sitio donde, para qué negarlo, hay de todo. Pero no habré conocido aún a nadie que no haya dicho "Soy de Santa Coloma" y la haya llevado casi por bandera, en cualquier lugar a donde haya ido (¡y eso que estamos por todas partes!) Y ese sentimiento está en la película. Probablemente no haya pisado el barrio de Les Oliveres, donde se ambienta la mayor parte de la cinta, más que dos o tres veces, pero he visto muchas otras a mi ciudad desde lo alto, como se muestra en varios planos del film. Y es emocionante pensar en cómo ha cambiado, desde que mis padres llegaron desde el Sur hace tantos años, a como luce ahora.
Si podéis, no dejéis de acercaros al cine. Personajes como La Tani, profesora de flamenco, auténtica como ella sola, o la Trini interpretada de manera brillante por Carmen Machi, tienen un brillo propio. Personajes que hablan de valentía y de verdad. Así que, si vais a verla, quizás esta Estrella os de una nueva perspectiva sobre Santako. Una ciudad con sus contrastes, sus luces y sus sombras. Pero siempre una ciudad abierta, con estrella, a la que, como todos sabéis, siempre estáis invitados. ¡Para muestra un botón! Muchachito Bombo Infierno, colomense internacional, y Estrella, el tema de la película, desde escenarios muy muy cercanos... ¡Y que nadie nos apague la luz!
La creatividad en ocasiones, se asemeja a la marea. Hay etapas en las que podrías vivir acampado en una tienda a la orilla del mar sin mojarte un solo pelo y otras en las que alguien tendría que venir a desalojar el campamento por peligro de tsunami. Estos días me encuentro en el segundo supuesto: me faltan horas. Duermo menos, pero me encanta, porque me siento productiva. Y parece que le descubro los mecanismos al proceso, lo que espero me sirva para mantener el ritmo una vez baje esta oleada que ha venido de golpe.
Para mí, uno de esos engranajes que parece que disparan las ideas es descubrir algo nuevo que me inspire de algún modo. Un buen libro, una frase en una marquesina, una canción o un músico recién descubierto. ¿Y lo siguiente? Compartirlo, amplificarlo para empaparse bien de ello. Ese ha sido el caso esta semana de Kishi Bashi. Se trata del proyecto del americano Kaoru Ishibashi, un violinista que canta, samplea y rebosa música por todas partes. No es ningún virtuoso del instrumento, pero no lo necesita. Con los recursos que cuenta es capaz de dar vida a paisajes brillantes y de paso, subirte el ánimo. Su álbum 151a es una delicia psicodélica y canciones como Bright Whites o I am the Antichrist to you son buenas pruebas de ello. Pero si tuviera que destacar una, sería Manchester. Me gustan las canciones que crecen, que parten de un germen que late y lo convierten en un ser abierto, que respira. La versión del álbum parece sacada de un cuento, pero descubrí esta perlita en Youtube. K, su violín y un pedal de loops que ha pasado a ocupar el número uno en mi lista de deseos tecnológicos (sí, una pega: esta gente que inspira también inspira a gastarse dinero...).
Y después de esto poco más que añadir. Un apunte respecto a las sincronicidades, que ya sabéis que me encantan. Acabo de entrar a Spotify para buscar el enlace al álbum y poderlo compartir aquí. ¡Pues he encontrado un EP de 2013 que ha debido salir hace nada! Parece que el universo (llámalo X) quiere que siga escuchando a Kishi aún un poco más. ¡Seguiremos la pista! Y hablando de seguir pistas y arruinarse... ¡Me he comprado una guitarra acústica!
Hoy me duele un poco la cabeza, pero no voy a dejar pasar la ocasión de dejar unas cuantas líneas escritas en el blog. ¡Y más en un día como hoy! Espero que todos hayáis tenido oportunidad de acercaros a las letras, y si habéis recibido alguna rosa, pues mejor que mejor, aunque no hay que olvidar que no todas las rosas tienen forma de flor.
Al hilo de la literatura, de la historia, de la música, hoy le dedico este espacio al nuevo trabajo de Anaïs Mitchell, una cantautora de Vermont, allá por los Estados Unidos de América, de la que ya he hablado en alguna otra ocasión. Se trata de "Child Ballads", un álbum que incluye siete canciones, interpretadas junto a Jefferson Hammer. ¿Porqué hablar de este disco un día como hoy? Porque los temas que lo componen cuentan historias, largas historias que han ido pasando de oreja a oreja durante generaciones. Títulos como Willie of Winsbury, Sir Patrick Spens o Tam Lin, los recogió durante finales del siglo XIX el folklorista Francis James Child: canciones que venían de Escocia e Inglaterra, que tuvieron sus propias versiones americanas, y que algunas se remontaban hasta el siglo XIII, aunque la mayoría se daten entre los siglos XVII y XVIII. Es un baile de números, cierto, pero una cosa está clara: estas historias han sido contadas (y cantadas) muchas veces. Hablan de princesas, reyes y caballeros; de penas de muerte perdonadas, de duendes que guardan campos y cobran un doloroso peaje a las doncellas que por allí pasan. Un pasado mágico que aún hoy nos sigue hablando de frente.
Una portada de Peter Nevins, repleta de rosas y con una curiosa ilusión óptica...
Y Anaïs Mitchell recoje esta herencia y le aporta sensibilidad, buen hacer, delicadeza. Para Anaïs, estas baladas son bellas y extrañas. Y crea con ellas un álbum que puede leerse, como si de un libro de cuentos se tratara, y que suena muy, muy bien. Variado como la memoria y los recuerdos, como las historias que cuenta. No se me ocurre mejor propuesta para un día como hoy.
Hoy está siendo un buen día. (Podría decir "ha sido", pero aún me quedan unas cuantas horas más antes de retirarme a dormir y ponerle mi propio punto y final.) Esta tarde he tenido la oportunidad de hablar en público, en el marco de unas jornadas de musicología, sobre cuestiones de las que me apasionan: música, Edad Media, literatura. Con la (gran) excusa de las novelas de Chrétien de Troyes, he hablado de sonidos antiguos, de costumbres, del rey Arturo, de la magia. ¡Incluso de la cabeza de Stark en la pica de Juego de Tronos! Así, durante un par de horas he podido presentar mi tema, escuchar más temas interesantes, conocer visiones nuevas, debatirlas después. Ciertamente, el tiempo no me sobra (¿a alguien puede sobrarle?) y en ocasiones, cuando me veo tan metida en estos asuntos, pienso si no habría sido complicarme la vida entrar en tantas historias. (Ese tan famoso ¿Quién me mandaría a mí...?) Pero la sensación posterior, pese a las dificultades que haya podido haber, me confirma que vale la pena hacer lo que a uno le gusta, lo más a menudo posible. (Cuánto paréntesis, sí que debo andar un poco hiperactiva...)
Pues viniendo de vuelta en el metro he tenido un pequeño momento mágico. Los que me conocen saben que yo no creo en las casualidades. Así que hoy una de esas coincidencias que podrían pasar sin pena ni gloria me ha asaltado nada más subir al vagón. Un vagón bastante repleto, y sin aire acondicionado, algo que en esta época empieza a ser difícil de soportar. Pues bien, a menos de un metro de mí, un chico estaba leyendo. El mismo libro que yo llevaba. La misma edición. Y claro, si hubiesen sido las dichosas Cincuenta sombras o cualquier otro best-seller me hubiese parecido hasta normal. Pero no, ando (andamos) leyendo estos días una novela de Michel Faber, Bajo la piel. No he podido morderme la lengua, y además, el asiento a su lado ha quedado libre, así que nada más sentarme le he comentado mi sorpresa. Y diría, por su expresión, que él también estaba bastante sorprendido. Sin más, una conversación muy corta y agradable, superada la estupefacción inicial, sobre un libro que me está gustando cada día más. Un libro que parece saber qué piensas en cada momento, para saltarse tu lógica y salir por la tangente que menos te esperas. Y hasta aquí puedo leer, no quisiera desvelar ni una línea más.
Es cierto, muchas veces esos momentos extraños pueden no tener un sentido aparente y llegar igual que se fueron, pero yo quiero sostener mi respuesta ante ellos: la de la sorpresa, seguir reconociendo cómo el azar en ocasiones decide obviar la estadística y transformarse en magia. ¡Ah! Y hablando de magia, y de experiencias, ¡no me he olvidado de Rammstein! Después del domingo me reafirmo: no sé describir su música de otra manera más que música cuadrada. Jugando a la sinestesia, si la música fuera visible, la de Rammstein serían cubos, cuadrados, pesados, regulares y sólidos. La noche del domingo fue precisamente eso. Intensidad y espectáculo, estimulante para aquellos que sabíamos qué íbamos a ver, y seguro que sorprendente para aquellos que no tanto. Y sino, que le pregunten a mi acompañante, mi padre (quien nunca dejará de sorprenderme por su flexibilidad y capacidad de disfrutar de cualquier música). Una gran velada, con sentido escénico y teatralidad bruta, de la que me gusta, de la básica. ¿Qué será lo próximo?
PD: He elegido esta versión de Mein Herz Brennt por dos razones. Porque fue la que pudimos oír en el concierto, y porque pasa la prueba: la de despojarla de todo ornamento, desnudarla hasta el esqueleto y seguir siendo una buena canción.
Hoy desayuno frente al ordenador y dedico unos minutos a esta página. Porque me lo pide el cuerpo. Y es que en todas estas semanas de silencio bloguero, la música y la vida no se han parado y me han regalado momentos especiales y mágicos que me siento en la obligación de compartir, como agradecimiento a quien o a lo que quiera que sea que me los pone por delante.
Empezaré por ayer mismo. Por la tarde, me subí al coche dirección a los Estudios H en Barcelona, con elHounds of Love de Kate Bush haciéndome compañía. Es curioso como hay discos que parecen abrirse poco a poco con las escuchas sucesivas y crecer... (Además del hecho que Kate me está pidiendo un post para ella sola: ¡todo llegará!) El destino ayer era la fiesta de presentación del disco de El circo de las mariposas. Un proyecto en el que participo y que me encanta. Hace tres años me hubieran dicho que iba a colaborar con gente como Marcos Andrés, alma de Vinodelfin, y no me lo hubiese creído. Y ayer, esa colaboración no sólo existía, se había materializado en un pequeño álbum, Frida, que pude escuchar en la sala central del estudio, a todo volumen, rodeada de personas que lo habían hecho posible. Me emociono fácilmente, pero aguanté la lagrimita. Pero la sonrisa no, esa no me la aguanto, ¡todavía me dura! Nervios y sonrisas y la mandíbula descolgada sin poder cerrar la boca fueron elementos de uno de mis grandes días, saltando un poquito más atrás en el tiempo: el concierto de James Ehnes en el Festival de Pascua de Aix-de-Provence, el pasado 29 de marzo. Nunca he sido mitómana en el ámbito de la clásica, ni seguidora de intérpretes concretos, aunque quizás debería decir hasta ahora. Aun no sé explicar qué clase de astros se alinearon para que este canadiense se haya definido para mí como un violinista único. Su música, por más que interpretada antes de él tantas otras veces, me habla directamente a mí. Su sonido, su técnica perfecta. Un intérprete que me hizo no tener ni una duda a la hora de coger el coche y plantarme en la Provenza francesa para verle en el Festival de Pascua de Aix. Y vaya si mereció la pena. Un teatro pequeñísimo, buenas localidades y un repertorio imposible: la partita en re m de Bach, la sonata a violín solo de Bartók y cuatro caprichos de Paganini. Aún se me pone el vello de punta cuando lo recuerdo: ni un gesto superfluo, ni una mueca fuera de lugar. El violinista desaparecía para dejar paso a la pura música: un instrumento solo que no necesitaba de nada más para llenar aquella sala, para dejar salir a un Bach cristalino, un Bartók caprichoso y un Paganini delirante, que nos llevó a todos al máximo asombro, si es que cabía algo así después de haber oído todo lo anterior. Cuesta incluso poner un punto y final a este párrafo. Y es que fue la primera, pero seguro que no la última vez.
(Aquí el señor Ehnes se atreve con un Wieniawski inhumano y no solo lo toca sino que lo hace de manera musical, más allá de ser un robot toca-notas... Y esos finales controladísimos... Vale, ¡ya paro!)
¡Y este post empieza ya a ser demasiado largo! Cierto es que han sido muchos días sin escribir, y muchos momentos que no se han escrito (como uno de los conciertos mágicos del Quartet Casals en L'Auditori o Madama Butterfly en el Liceu), pero valga esta primera vuelta al teclado bloguero como acto de agradecimiento. Al estilo, porqué no, de la que se ha convertido en una de mis películas preferidas: Happythankyoumoreplease. Así, que, lo dicho: gracias y ¡más, por favor!
PD: El más sigue llegando y esta tarde me espera Rammstein en el Palau Sant Jordi. ¡Sí! Y es que la música te da tanto... Nunca lo diré suficientes veces.
Hoy tengo ganas de escribir aunque no estoy especialmente inspirada. Ya son las once, y el pip-pip del despertador planea sobre mí, ese momento en que el día deja de contar su tiempo hacia adelante para pasar a contarlo hacia atrás. Parece además, que el ambiente se enrarece estos días. Hay noticias desagradables, tanto en ese mundo tan irreal en que los políticos hablan a través de televisiones de plasma, como en el más cercano que vive una todos los días.
Hace unas noches, sin embargo, alguien me definió como una persona optimista. Nunca me había parado a calificarme así (por otra parte, en cuestiones de definición, suele ir bien dejárselo a los demás), pero quizás tenga razón. No he sido siempre como soy ahora, y sé que el optimismo en ocasiones tiene mala prensa: que si uno no toca con los pies en el suelo, que se niega a ver la realidad como es. Cruda. Dura y difícil. Bien, yo no niego que esa cara de la realidad exista, creo que todavía ando en mis cabales, pero también creo que es solo una de las dos que la componen.
Esta visión partida por la mitad me recuerda a aquella leyenda tantas veces escuchada. En ella, un sabio explica cómo dentro del hombre viven dos lobos en perpetua lucha: un lobo blanco y un lobo negro. El lobo negro simboliza lo oscuro, la rabia, el pesar, el mal. El lobo blanco es su contrario: la luz, la serenidad, la voluntad, el bien. En la historia, alguien preguntaba cuál de los dos saldría vencedor. La respuesta del sabio era simple: el lobo al que cada uno alimente.
Siendo así, lo tengo claro. Aunque parezca que una va contracorriente, con más razón y sin despegar los pies del suelo, reivindico que en el camino, a parte de polvo y cansancio, hay puestas de sol y fuentes en las que pararse. Que no soy menos realista por ello. Que sigue habiendo creatividad, que sigue habiendo personas buenas, motivos por los que emocionarse. Que el vaso no siempre está medio vacío. Aunque al decirlo una vaya río arriba, como los salmones.
Y sí, quizás alguien pueda ver en esto algo de filosofía barata. Quizás incluso sea cierto, incluso más aún: de tan barata, ¡sale gratis! Pero si encima nos hace ser un poco más felices, ¿no merece la pena? Todos nos merecemos una buena dosis de belleza de vez en cuando, de dentro y de fuera, de esa que no cuesta dinero y que viene en forma de una buena canción, una palabra agradable, un par de oídos que escuchan, un abrazo a tiempo.
Por cierto, la noche de hoy suena a Elvis Perkins. Ash Wednesday es una delicia.
Vuelvo a estas líneas después de varias semanas de ausencia. Fiestas (¡Feliz Año Nuevo!), viajes, estudio, van ocupando los días del calendario y ¡se van volando! Pero por fin encuentro un rato para mí, para pensar un rato con las teclas delante.
Este 2013 ha empezado bien. Parece que lo de escribir empieza a dar sus frutos, la música sigue ahí, estoy rodeada de buena gente y tengo la suerte de poder estudiar algo que me gusta, que me sigue picando para que no deje de pensar, de viajar al pasado, de conectar con otras realidades. Quizás suene marciano desde fuera, pero así es como lo vivo yo. Estudiar la época medieval. Muchos me habéis preguntado porqué. Y realmente me cuesta explicarlo, porque es más un tema de intuición que de raciocinio, porque existe una conexión que no sé explicar. Porque empecé a tocar el violín hace ya tiempo, porque entré en la música antigua, porque cada vez quería buscar más atrás, porque los planetas se alinean, porque algo tenemos que hacer para no perdernos en la tecnología del siglo XXI y recordarnos que somos personas: que sin todo lo que nos envuelve seríamos animales más o menos racionales enfrentados a las inclemencias del tiempo y con necesidad de organizarnos y entendernos. Y en eso no somos tan diferentes a aquellos que vivían hace mil años en las tierras que nosotros pisamos hoy.
Sea como sea, me encanta poder leer palabras escritas hace tiempo, imaginar cómo era esa pluma, cómo era la ropa del escritor, qué hizo cuando se levantó de la silla, qué comió aquel día, cómo leches dormía con el frío que hacía entonces si yo sin mi nórdico me tiraría por la ventana. Así que, en esas llevo todo este fin de semana. Espero que los exámenes (¡qué concepto tan poco romántico!) se porten bien conmigo.
Mientras tanto, ando escuchando una Missa pro defunctis que descubrí de casualidad, preparando justamente una exposición para la clase de literatura latina. Se trata del Requiem de Giovanni Francesco Anerio. Cierto es que llega un poquito más tarde, vivió el comienzo del siglo XVII. Así que es esta música renacentista, con varias líneas vocales, que crecen y se expanden, pero con un toque arcaico. ¡Un respiro después de tanto estudio!
Me gusta el invierno. Me gusta porque salgo del trabajo de noche, y aunque parezca más un inconveniente que una ventaja, salir a oscuras me regala un pequeño placer: un trayecto a pie de unos 20 minutos con música nocturna. ¿Existe la música nocturna? ¿Existe la música de invierno?
Quizás sea pretencioso contestar esta pregunta, pero es mi espacio y me mojo: sí. Existen canciones, melodías, que nos apetece escuchar a la luz de las farolas, bajo un paraguas o al refugio de una manta. Y suele pasar que estas músicas, y mejor en soledad, te llevan a un estado distinto, un estado que no sé bien con qué palabra definir: ¿Recogimiento? ¿Reflexión? ¿Transcendencia?
Y es que el mundo a veces parece que te guiñe un ojo. Hoy venía disfrutando yo de este paseo con banda sonora, cuando mi mente me ha llevado a pensar sobre una noticia que leí hace poco. Un grupo de científicos han iniciado un estudio que pretende demostrar si vivimos o no en un universo informático. No en el sentido tecnológico, sino en el sentido de un universo creado por la informática, un microcosmos artificial. ¿Tendría sentido pensar que generaciones posteriores a la nuestra hubiesen avanzado tanto como para recrear un universo y estudiar su desarrollo?
En eso pensaba yo, cuando empecé a detectar esas bromas que te gasta tu entorno: una pantalla de error de windows en el metro, caras que se parecen muchísimo a gente a la que conociste en algún momento de tu vida, la canción Universos infinitos en tu modo aleatorio tras una letra que pintaba a unas estrellas que nos miran desde el cielo... Pues bien, todo esto podría llevar a todas partes o a ningún sitio. El caso es que para la pregunta de si soy un avatar en una partida de Sims de alguien del siglo XXX, tengo una respuesta clara: no me importa, merece la pena sin dudarlo. Aunque solo sea por los momentos de introspección bajo la luz de las farolas. Por la inspiración, por el arte, por los guiños. Y es que si realmente hay alguien siguiendo todo esto desde algún punto, debe estar alucinando.
Sin más, termino con una canción de invierno. Karma Police, Radiohead. Termina mi viaje de metro. Un placer.
Me quedan pocas fuerzas después de este jueves, pero me quedan ganas de compartir algunas cosas en este espacio, empezando por esta mañana. Me desperté a mi hora habitual, todavía con la cabeza en la noche de ayer, noche de miércoles, que desde hace más de un año significa verse y disfrutar de un par de tragos entre amigos. Te lo garantizo: ¡la semana se ve diferente!
En este punto me estoy dando cuenta de que el formato redacción de escuela no me está funcionando. Noto el cansancio y se me hace eterno pensar que tenga que explicarte que me he comido dos sandwiches en el patio de la universidad, mientras miraba los peces del estanque. (¿Seré la única que mira los peces?) En definitiva, trabajo, examen, autobús, metro... Pero con todo y con eso, un buen día. Porque es en los días "normales" donde, si uno se fija bien, pasa lo más extraordinario. Ratos en el bar de la facultad con risas de antes de entrar a examen, compartir unos palitos, encuentros casuales que no creo que lo sean y que dan como resultado conversaciones que reconfortan y acompañan, descubrir libros de los que emocionan, que Spotify te sorprenda con su modo aleatorio, ese que parece que te lee la mente.
En una de estas sorpresas, mi hilo musical me ha regalado esta canción. Incluida en una lista llamada "Música para mirar estrellas", la descubrí en la película Bon Appétit. Se trata de Strange things will happen, de The Radio Dept. No recuerdo exactamente el argumento de la película, pero recuerdo que lloré con ella, que tuvo algo que me emocionó (lo reconozco: ¡soy facilona para esas cosas!) y esta canción tenía un lugar central en el film. La letra se adapta perfectamente a mi día de hoy... Hoy ha sido un día bonito, sin decepciones, sin grandes expectativas... ¿Descubriste al final que las cosas más extrañas suceden si las dejas?
Y sí, son cosas pequeñas, pero grandes. Y están ahí, sólo hace falta sintonizar, ponerse las gafas adecuadas y mirar alrededor. ¿Cómo reconocerlo? Cuando ante algo que te despierte una emoción te preguntes: ¿qué probabilidad había de que esto pasase aquí y ahora? Entonces lo tienes delante de tí. En fin, perdona el misticismo, pero me siento bien y quería compartirlo. Y por supuesto, aquí tienes mi banda sonora.
PD: A esto los medievales lo llamaban "lo maravilloso", y formaba parte de la realidad como lo era su casa o su trabajo. Quizás deberíamos recuperarlo?
Después de una tarde de biblioteca y trabajo, me regalo un ratito en el blog para contarte algunos pensamientos que han cruzado mi mente durante el día, al hilo de un asunto, como siempre, musical. Ayer, sin querer o sin querer evitarlo, tropecé con los premios EMA en la MTV. La música más comercial del momento, actuaciones en riguroso playback algunas, voz en directo en otras y mucha puesta en escena, ¡a veces cuesta resistirse! Pues bien, en un momento de la gala apareció Lana del Rey. Sí, esa chica lánguida y con cara triste e inexpresiva que aparece en todas las marquesinas de H&M. Es curioso, hasta entonces, lánguida e inexpresiva eran los únicos adjetivos que me venían a la cabeza cada vez que me tropezaba con su imagen. Incluso le había dado alguna oportunidad a Video Games, y la canción me había dejado la misma sensación aguada que me dejaba su perfil en las fotos.
Esta mañana, no sé porqué ni porqué no, he decidido darle una segunda oportunidad a su música. Su estética llama la atención, tiene montones de fans, he pensado, algo tendrá. Pero en vez de eso, he tropezado con su historia personal. Resulta que Lana del Rey es un personaje ficticio (hasta ahí nada nuevo), pero calculado al milímetro, hasta el punto de haber sido modelado a base de bisturí. Parece ser que la ni el nombre ni la imagen original de Elizabeth Woolridge eran suficientemente buenas para el mercado. Lo intentó como Lizzy Grant, en un proyecto previo que fracasó, hasta que su representante decidió convertirla en la reencarnación contemporánea del Hollywood dorado de Dean, Sinatra y Presley. Nada podía quedar fuera de control: incluso el nombre del proyecto, una combinación entre Lana Turner y el automóvil Ford Del Rey del 81, fue elegido por su mánager. A partir de ahí la historia es conocida. En apenas un año, Lana del Rey ha llegado desde los números uno a las entregas de premios, a los catálogos de moda. Pero, ¿a qué precio?
Hoy escuchaba Born to Die, y veía fotografías de Elizabeth y de Lana. Retoques quirúrgicos innecesarios (que ella niega insistentemente), una voz sin pasión, dejar atrás quien eres para pasar a ser... distinta. Distinta hasta el extremo, una barbie preciosa pero de plástico, perfecta e inalterable en su pose decadente. Y es que quizás Lana, al repasar el Hollywood dorado no tuvo en cuenta la cara oscura de mujeres como Marilyn Monroe oNatalie Wood: mujeres partidas en dos que apareciendo perfectas ante las cámaras se consumían por dentro en una nube de miedos, sin llegar a saber nunca qué fue de su antiguo yo. Esto andaba yo pensando, y Born to die, cada vez me enganchaba más. Me sonaba más triste y deprimente que nunca.
Ciertamente, es pronto para todo esto. Lana del Rey acaba de lanzar su carrera y está en un buen momento. Pero si esto pasa, ¿habrá merecido la pena?
Recuerdo que una de las primeras secciones que arranqué en este blog hace ya dos años (¡dos años!) fueron las Per-Versiones. Y es que siempre he tenido debilidad por los covers, y sobretodo por la incertidumbre de no saber qué es lo que hace que una canción sea siempre ella misma, la inteprete quien la interpreta, aunque cambie completamente su significado. Me fascina creer que las canciones tienen una existencia independiente a su creador, que como decía Stravinsky, él solo fue el recipiente por el que pasó la Consagración de la Primavera.
Por este rincón perverso han pasado nombres como MGMT, The Killers, Britney Spears, Michael Jackson o Bee Gees. Hoy es el turno de Simon & Garfunkel y un tema que me encanta: The Boxer. Aquí lo tenemos en su versión original.
Después del gran éxito cosechado con Mrs. Robinson, el dúo lanzó esta canción como siguiente single en el año 1968, y estaba incluida en su último discoBridge over troubled water, o como les gustaba llamarlo por estos lares, El puente sobre aguas turbulentas. ¡Gran costumbre en desuso la de traducir los títulos!
Pero si he escogido esta canción hoy, no ha sido al azar. Si me conoces, sabes que no creo en las casualidades y en el mismo día me asaltaron dos versiones de esta canción que consiguieron ponerme los pelos de punta por diferentes razones. La primera es de Mumford & Sons y se incluye dentro de su álbum Babel, acabadito de salir del horno. Ciertamente, casi les había dado carpetazo a estos londinenses: su crecimiento está siendo muy rápido, casi diría que demasiado (lanzar su segundo disco y al poco tiempo un documental sobre su gira me parece un tanto... ¿pretencioso?) y considero que el gérmen es muy bueno, pero falta una buena destilación para perder el punto cargante que puedes detectar cuando ya has escuchado cinco canciones seguidas.
Pero ahora es cuando me trago mis palabras y digo que la versión de The Boxer es perfecta. La historia del chico que huyó de su casa para sobrevivir en las calles de Nueva York suena dura y rota en esta versión de Marcus Mumford y los suyos junto a Jerry Douglas, y la intensidad del estribillo es eléctrica. No en vano, Paul Simon también aparece en ella.
Y la última y más increíble y verdadera razón de la existencia de este post. Cecilia. Sí, la del Ramito de Violetas; la de la melena y la sonrisa, la que se fue demasiado pronto. Una grabación de un directo remasterizada se publica en 2011 y creo que todavía no he podido cerrar la boca tras escuchar su versión de esta canción. Una sorpresa tremenda, no sabía siquiera que Cecilia hubiese cantado en inglés, tampoco había oído nada que no fuesen sus canciones en estudio. Así que oírla presentar esta canción de su autor favorito (ciertamente, Cecilia fue su bautismo artístico en honor a la canción de Simon) con rabia, incluso con errores, pero a la vez sin perder esa serenidad que le intuyes, me emociona. Y me hace pensar. ¿Se le ha hecho justicia? ¿Cuadra esa imagen tibia y hasta ñoña que se tiene de ella con lo que representaba Cecilia en la España de los 70? Podría extenderme más, pero prefiero dejarla hablar a ella. El vídeo a continuación es un montaje con el audio original remasterizado, junto a imágenes de una actuación en TVE, escuchadla a partir del minuto 0:17...
El post llega a su fin. Espero que te haya gustado, si has llegado hasta aquí. Y ahora viene el momento de la dedicatoria. Post especial para personas especiales: mis padres. De hecho, ¿sabías que estuve a punto de llamarme Cecilia?
Acabo de volver a casa (¡mi casa!), después de un día más ajetreado de lo normal. Y es que cuando una abre los ojos por la mañana a un par de miles de kilómetros y acaba la tarde yendo a la universidad y pasando sin remedio por la tienda Movistar más cercana, pierde una la noción del tiempo y del espacio, y bien puede parecer que hiciera tres meses o diez minutos que pasaste de 7 a 17 grados.
Pero aquí estamos otra vez. Parece que últimamente mi blog se compone de entradas "de vuelta". No voy a engañarte, ya que me lees: me planteé (otra vez) cerrar el blog. ¡Pero se resiste! No acarreo nada, me gusta tenerlo y disponer de él para contar y compartir lo que me apetezca y cuando me apetezca. Quizás hayas sido tú una de esas personas que me ha dicho algún día que le había gustado un disco que había recomendado, o que había descubierto una canción que le había hecho ver estrellitas de colores gracias a este espacio. Pues bien, si es así, ¡tú tienes la culpa de que esto siga abierto! No me queda otra que darte las gracias.
Este será un post de vuelta, pero inevitablemente viene acompañado de música. Parece que el movimiento del día me traiciona, y creo que para evitar males mayores prefiero reservarme algunos temas más densos para otro día de ojeras menos profundas. Hoy simplemente voy a dejarte una canción: I'm only sleeping, de The Beatles. Parece mentira, pero nunca dejarán de sorprenderme. John Lennon escribió este tema para el álbum Revolver, publicado en 1966. Producido por George Martin (¡qué importante es un productor!), el disco exploraba territorios nuevos para el grupo, como la psicodelia de Tomorrow Never Knows, que también contaba con influencias orientales o los acompañamientos alternativos, como el célebre cuarteto de cuerda de Eleanor Rigby.
¿Porqué I'm only sleeping? Porque probablemente sea la canción que mejor describe los "cinco minutos más". Lennon tiene sueño y sólo quiere que le dejen dormir; el resto le da absolutamente igual. Si decís que es un vago, no os hará ni caso, los locos sois vosotros. Vamos, que ni le toquéis. A más de uno y de dos nos suena, ¿verdad? Os dejo un enlace con la letra (y su traducción). En cualquier caso, disfrutadla. La entonación de Lennon es perfecta para ese momento de ojos entreabiertos.
Y volviendo a mi día de hoy, puede sonar típico y tópico, pero los viajes dan, por lo menos a mí, una nueva perspectiva de las cosas una vez se vuelve a casa. Traigo nuevas ideas, estreno conexión (y esta vez decente) a Internet y vengo con la productividad disparada. ¡Parece que mientras menos tiempo me queda, más cosas hago! También vengo con energía; ahora, con toda probabilidad nada más caer en la cama me desenchufe y hasta mañana no sepa ni dónde sueño, para terminar diciendo aquello de Please, don't wake me... ¡Pero habrá merecido la pena!
Se terminaron las vacaciones de verano y aquí estamos de nuevo. Igual pero distinto. Este es el primer post que redacto desde mi nuevo espacio, donde me instalé hace un par de meses y que hoy por primera vez cuenta con una precaria conexión a Internet. Lo que da de sí el pobre pinganillo, vaya.
También ha sido una vuelta al cole distinta por más razones. Casi por primera vez, he empezado totalmente recargada, después de unas vacaciones de agenda intensa, pero en las que ha habido tiempo para todo. Incluyendo también tiempo para todo tipo de músicas, desde el relax inspirador de las piezas para piano de Debussy, o los conciertos para violín de Haydn en la enérgica versión de Giuliano Carmignola, a la música de Frank Zappa o Paul McCartney, pasando por mi últimamente inseparable Christina Rosenvinge, los inevitables éxitos veraniegos de Gustavo Lima y compañía, o las versiones verbeneras que se oyen (y se bailan) en las Festes de Gràcia.
En definitiva, ¡parece que tres semanas han cundido! Y hoy, la verdad, no es que tuviese nada especial que contar. Pero me hacía ilusión escribir, estrenar post, estrenar ordenador, estrenar conexión. Aunque ya puestos, confieso: Me he comprado una caja de doce colores pastel. Y no, no tengo ni la más mínima idea de cómo utilizarlos. Pero me han mirado desde el aparador de la papelería y no he podido resistirme. Eran preciosos. Cuando le he dicho a la dependienta que nunca los había utilizado, me ha contestado: "No te preocupes, si te gusta dibujar...". A lo que le he contestado que no sé, que habrá que descubrirlo. Por la cara que ha puesto no creo que haya captado mi amor irracional por el material escolar, pero de cualquier manera, ya sean unos colores que parecen ceras para adultos, un nuevo disco o un próximo viaje; el próximo curso habrá que descubrirlo, ¿no?
He aquí un post veraniego, desde mi retiro habitual por estas fechas. Por fin, parece que el tiempo pasa más despacio y que se le permite a una ocuparse en, digamos, lo que le apetece en cada momento. Escuchar aquellos discos que requieren de más tiempo o de un estado de ánimo especial o leer aquel libro que llevaba esperando su turno desde hace ya algunos meses. O porqué no? Volver a re-escuchar hasta el extremo un álbum que pasó desapercibido sin saber muy bien porqué.
Pues bien, de todo esto tengo ejemplos estos días. El Jo confesso de Jaume Cabré se ha venido en mi maleta y, pese a que por su tamaño alguno pudiera echarse atrás, hace tiempo que aprendí a no dejarme intimidar por un simple número de páginas. De haberlo hecho, me habría perdido grandes historias como Crimson Petal and the White de Michael Faber, o esta magnífica novela de Cabré, que no deja de sorprenderme en ni una sola de sus páginas.
De todas formas, este es un blog musical, y uno de los álbumes que me ha asaltado estos días entra en esa segunda categoría, la de discos redescubiertos que, sin saber porqué, habían quedado guardados en el cajón. Se trata de Verano Fatal, de Nacho Vegas y Christina Rosenvinge.
A poco que conozcamos a los personajes, este EP de siete temas corre el riesgo de ser víctima de adjetivos como gris, lánguido o incluso, pretencioso. Ciertamente, no son una pareja al uso, ni mucho menos son la alegría del barrio (el tema Humo acaba por desmoronarme incluso a mí). Pero precisamente conociendo qué piezas tenemos en el telar, el toque canalla que arranca desde la portada y la sensibilidad sincera en temas como Me he perdido o el mismo Verano Fatal nos regalan una sensación extraña: la de espectadores intrusos en la relación de estos dos personajes. Y es que mirar por el ojo de la cerradura del cuarto de Vegas y Rosenvinge suena tentador, verdad?
En cualquier caso, fatal o no, espero que estéis disfrutando del verano con una buena banda sonora.
PD: Disculpad si hay algún error en el post. Ando probando la publicación vía dispositivo móvil, pero soy tan romántica que primero he escrito todo este post a mano!
Hoy un disco se me ha tirado encima en FNAC. Bueno, quizás no en un sentido literal, pero hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así: un flechazo total que no he tenido miedo a seguir y que me ha hecho reabrir este espacio personal. Y no en cualquier momento, sino en este período de estudio en el que, en principio, Libertad Sonora tenía que quedarse, agrícolamente hablando, en barbecho.
La verdad es que nunca me planteo qué compraré cuando entro allí. Siempre digo que algo vendrá a buscarme y querrá venirse conmigo, como una manera de tentar a la intuición. Con la idea de que fuese un libro, me he dispuesto a hacer el recorrido habitual por la tienda. Pero no he podido. Había un disco puesto, la voz me resultaba totalmente familiar, pero no sé porqué, me ha hecho darme la vuelta y empezar a intentar averiguar qué era aquello y porqué me hablaba a mí. No me han servido aplicaciones de móvil, no he conseguido adivinarlo en los expositores, dudaba en preguntar al chico, por aquello de si no era su sección... Vergüenzas tontas que tiene una.
De todas maneras, no debí ser muy discreta en mi deambular por el pasillo, ya que el propio chico salió de detrás del mostrador para preguntarme si necesitaba algo. Y sí, creo que he hablado en voz más alta de lo habitual: "Sí. Querría saber qué está sonando".
Novedad, y de oferta, no he dudado ni un segundo: ése era el disco que hoy tenía que comprar. Mi sorpresa ha sido más que agradable cuando he descubierto que se trata de un álbum optimista, que habla de crecer, de reconocerse, de no hacerlo solo. Lo firma John Mayer bajo el título "Born and rised", disco del que desconocía su existencia por completo. Quizás para algunos no sea nada especial, pero para mí ha sido un amor a primera vista.
Os dejo una canción a modo de muestra, Shadow Days. Sí, el chico guapo se ha dejado greñas y barba, pero canta honestamente cómo los días sombríos terminaron, cómo él es simplemente, un buen hombre con un buen corazón. Así que, gracias por venirte conmigo.