lunes, 7 de enero de 2008

Clara y la Penumbra

No sé si hablé en su momento de este libro. Está claro que Somoza es uno de mis autores preferidos. En referencia a este libro, he escrito un comentario, más bien unas reflexiones de cariz estético, que os dejo a continuación. Espero que las disfrutéis y os animen a leer el libro. ¡Merece la pena!
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En ocasiones, cuando uno se pone a hacer una reseña sobre un acontecimiento u objeto cultural, no sabe ni por dónde empezar. Realmente, estamos inmersos en un ambiente lleno a rebosar de ellos. Y si a esto le añadimos un gusto personal por ver, oír y experimentar todo lo posible, la decisión se complica todavía más.

Así pues, me propongo revisar aquello que se me figure a la de una,… dos… y tres. Hablaré sobre un libro. Una novela que remite al campo del arte, más concretamente, del arte plástico (si es que podemos ponerle fronteras a este arte nuestro contemporáneo). Se trata de “Clara y la penumbra”, de José Carlos Somoza. Este libro cayó en mis manos hace ya un tiempo, pero no he podido dejar de reflexionar acerca de su historia, como me ha pasado con tantos otros de este mismo autor. Para situarnos, un repaso rápido a la producción de éste.

José Carlos Somoza es un escritor cubano de nacimiento. Sus padres emigraron a España con él bajo el brazo, siendo sólo un bebé. Desde entonces ha vivido en Córdoba y Madrid. Psiquiatra de formación, decidió dedicarse a escribir al comprobar el éxito internacional de “La Caverna de las Ideas”, su 5ª novela larga. Otras obras hasta el momento han sido: “Silencio de Blanca” (novela muy musical que merecería la pena comentar en otra ocasión), “La Dama Número Trece” (incursión más que destacable en el terror: próximamente contará con una adaptación al cine de la mano del director Jaume Balagueró, porqué no decirlo, unos de mis “directores fetiche“), “Zigzag”, y la reciente “La llave del abismo”, publicada este mismo año.

“Clara y la Penumbra” se escribió en el año 2001. Su acción se ubica en un futuro próximo, y teniendo en cuenta el ritmo al que avanza el campo artístico, presenta un panorama inquietante, pero no por ello menos plausible. En este futuro, los artistas trabajan con personas, que dejan a su manera de ser ellos mismos para ser simplemente “lienzos”. Quizás la palabra “simplemente” no sea la más adecuada, ya que, ser una obra de arte de un renombrado, no es ni mucho menos poca cosa. En escuelas para lienzos se aprende a cómo ser obras de arte: técnicas de expresión, de inmovilidad… Los lienzos se someten a procesos de preparación en los que el artista puede proyectar en ellos su agresividad para curtirlos a su gusto, tratamientos químicos de inhibición de sus necesidades fisiológicas, preparan sus huesos y músculos para mantenerse durante horas en posiciones imposibles. Pero está claro, como en todo, no todos los cuadros son de Rembrandt. Pese a existir normas para con los lienzos, los artistas “underground” utilizan a éstos como objetos en acciones que, de no aplicarles la categoría de “obras de arte“, serían completamente vejatorias para cualquier persona. Al igual que no todo el mundo puede ser un lienzo decorativo en casa de algún adinerado que le pague un sueldo por 8 horas de exposición al día, o participar en una exposición de un museo: algunos han de conformarse con ser ilegales sillas o mesas en las que otros adinerados no tan honestos tomen sus decisiones.

Y es en este marco tan esperpéntico en el que se desarrolla la trama. Una trama que se inicia con el asesinato de una obra de arte. No una cualquiera, sino “Desfloración”, del maestro Van Tysch. La investigación policial se alterna con la historia de Clara, un lienzo que se prepara para ser creado por éste mismo maestro. Dos líneas narrativas hipnotizantes, que acabarán entrecruzándose, para llegar a un desenlace (que no pienso desvelar) impresionante, impactante visualmente pese a estar hablando de un libro. Qué cosas…

Hablando de entrecruzar disciplinas. Es interesante reseñar un apartado de la web del autor: “Mis novelas y la música”. En dicho apartado, el autor enmarca sus novelas con una determinada música, les añade su particular banda sonora. En el caso de Clara, adjunta lo siguiente:

“¿Queréis ver Amsterdam pintada bajo la sombría paleta de Rembrandt? ¿Queréis contemplar el caos del arte? ¿Queréis ver a Clara sumida en colores remotos, inmóvil, eterna y terrible? Bueno, ya sé que las imágenes que nos suscita una música no son transferibles, pero el bellísimo y sombrío comienzo de la Noche transfigurada (Verklärte Nacht) de Arnold Schoenberg sigue oliéndome a óleo, a cielos de Amsterdam regidos por la presencia de Rembrandt y de Van Tysch, a cuerpos pintados y exhibidos en túneles oscuros y a ojos que los contemplan desde las sombras. Este poema para orquesta de cámara tiene muchos pasajes inolvidables, pero pocos son como el mismísimo inicio. Oídlo y veréis (nunca mejor dicho).”

Descripción curiosa, ¿verdad? Su misma concepción ahonda en uno de los asuntos que más han ocupado a la estética desde sus orígenes: el significado de la música y la capacidad de ésta para transmitir significados extramusicales. Aquí el autor nos cuenta como Schönberg huele a óleo y muestra el caos del arte. Acto seguido, hace su afirmación: para él las imágenes que suscita una música no son transferibles. De todas formas, insiste en mostrarnos su propia visión.

Ya desde mi punto de vista, mis ideas respecto al tema son similares a las de Somoza. Yo también creo en esa capacidad evocadora de la música, pese a que comparto la noción de que “lo evocado” puede cambiar según las circunstancias del oyente concreto. Si hasta una misma música, siendo nosotros mismos los que la oímos, según el día puede afectarnos de una manera o de otra, ¡qué no será entre individuos distintos!

En este sentido, compartí una experiencia directa con el autor. A través del foro de su web, uno puede dejar su mensaje al autor, que contesta a todos y cada uno de ellos. En mi caso, recién acabada “La Dama Número 13”, leí su sección sobre la música en sus obras, que decía lo siguiente:

“No hay música más terrorífica que la contemporánea. Ignoro la razón exacta de esto (se me ocurren varias), pero Bártok, Nono, Sciarrino, Stockhausen y Ligeti han compuesto algunas páginas que hielan la sangre, aunque ellos en realidad no pretendieran causar este efecto. El descubridor más clásico de la relación atmosférica entre música contemporánea y terror fue ese gran melómano del cine que era Stanley Kubrick. En "El resplandor" ambienta algunas célebres escenas con Bartok. Bien es verdad que Friedkin en "El exorcista" hace algo parecido con Penderecki. Pero, en mi opinión, nadie iguala al compositor György Ligeti en tensión y horror "cósmico": Apagad la luz y escuchad "Ramifications", para orquesta de cámara, o el extraordinario coro "Lux aeterna" (que ya Kubrick aplicara a "2001: una odisea del espacio"). No os hará falta mucha imaginación para contemplar a las doce damas (o trece) frente a vosotros, mirándoos con la misma fijeza con que miran los cadáveres.”

No pude evitar transmitirle mi opinión al respecto. Realmente la música que él proponía me transmitía sus mismas sensaciones (aún no he sido capaz de escuchar “Ramifications“ con la luz apagada). En mi mensaje, le propuse mi opción personal. Intercambiamos unos cuantos mensajes acerca de, justamente, la música como portadora de significado. Si escribiese esos mensajes de nuevo, le preguntaría por ese paréntesis: las varias razones que se le ocurren para dotar a la música contemporánea de ese significado. En todo caso y por dar una conclusión al tema, pese a que no hay significados absolutos, está visto que estamos más inclinados a interpretarlos de maneras más o menos similares, probablemente a causa de nuestro contexto (cultural a nivel general, y en este caso del libro, a nivel más concreto). O quizás poniéndonos místicos, pueda ser ese punto de hipnosis y magia que tiene la música…

Volviendo a la novela. Otro aspecto interesante, es el “texto dentro del texto”, es decir, la intertextualidad. En este caso, el recurso de la cita (que podríamos catalogar como “pictórica”) está presente y es básico en la trama argumental del libro. Me explico. La acción tiene como eje estructural la preparación y desarrollo de una exposición conmemorativa de Rembrandt. En ella se busca presentar reelaboraciones de algunas de sus obras, en el conocido como “arte hiperdramático”, de la mano del maestro Van Tysch. Éstas son mencionadas, analizadas, y su comprensión es básica para comprender a su vez la novela. Ya como apunte propio, decir que no pude evitar, con la novela en la mano, buscar reproducciones de los cuadros citados, para poder apreciar mejor los detalles del argumento. Rembrandt es todo un protagonista en esta historia.

Como véis, la novela me dio mucho que pensar. También pensé (y aún lo sigo haciendo) en esa pequeña posibilidad de llegar a un punto extremo como el que relata Somoza en su libro. ¿Todo vale en el arte? ¿Todo vale, como dijo alguien, hasta toparse con los derechos humanos? Sin ir más lejos, caso del recientemente fallecido Stockhausen. Afirmó que el 11S estadounidense había sido toda una gran obra de arte…

Otro punto de vista. Vamos a otros derroteros y recordemos el reciente caso del caníbal alemán que se comió a un invitado que voluntariamente respondió a su anuncio, pidiendo “comida a domicilio”. ¡Incluso comieron juntos durante algunos minutos! Eso me hace pensar, ¿Hasta donde existe responsabilidad si el acto es claramente voluntario? Y volviendo a nuestro libro: ¿Puede el arte utilizar a las personas a modo de objeto si es la voluntad de éstas?

En fin, como siempre en estas reflexiones, siempre acabo con más preguntas que respuestas. Pero imagino que ahí está la gracia. Es la incertidumbre la que mantiene activas nuestras mentes. Interrogarnos continuamente. Plantear hipótesis o como en el caso de Somoza, desarrollarlas hasta el extremo de crear futuros.

¿He de añadir, tras todo lo dicho, que este libro me apasionó?

jueves, 3 de enero de 2008

Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas

Hace ya un tiempo terminé este libro. Corría por casa como parte de una colección de clásicos contemporáneos, que a la vista de lo que va cayendo en mis manos, me he propuesto leer al completo.
En este caso, el libro se presenta breve y con un estilo de narrativa muy personal. De entrada, la voz que narra es un marinero, pero al poco nos presenta una "historia dentro de la historia", la verdaderamente central en el libro, la experiencia personal de Marlow. A éste se le encargó una misión ciertamente especial tiempo atrás: ir a las colonias africanas en busca de Kurtz, un agente europeo que supuestamente se había vuelto loco en medio de aquella selva africana. Marlow acaba por establecer una curiosa relación de amor-odio con aquél al que ha de salvar, sin tan siquiera conocerle personalmente.
Impactan las descripciones, evocan ese ambiente de las colonias, en el que tribus son invadidas por el hombre blanco, que llega haciéndose amo y señor de tierras y gentes. Se le ha catalogado como un alegato anticolonialista o estremecedor relato de viajes: no falta razón en ninguna de las dos categorías.
Como curiosidad, añadir que fue la fuente de inspiración de Francis Ford Coppola para su "Apocalypse Now".
En definitiva, una buena lectura.